Y este es el ganador y finalistas del III concurso de microrrelatos enluquecidos, muchas gracias a todos por participar y enhorabuena al ganador.
GANADOR
El extraordinario caso de Benjamín Buitrago.
Benjamín Buitrago se despertó con la cara del mes pasado. Algo que no le había pasado
nunca.
– ¿Qué hago ahora? – Dijo angustiado, con voz de mayo, pero cara de abril.
Esa misma tarde había quedado con Sara, a la que solo conocía desde hacía dos
semanas. ¿Y si no le reconocía? ¿Por qué había tenido que conocer al amor de su vida
justo dos semanas antes de sufrir semejante fenómeno? Tenía que encontrar una
solución y decidió llamar a su amigo Leocadio para pedirle consejo, pero el teléfono, que
se actualizaba a diario pues era un teléfono carísimo y superpuntero, no reconoció su
rostro y se bloqueó en redondo.
Desesperado, se puso a realizar actividades estresantes y angustiosas de esas que
envejecen a cualquiera, para ver si podía envejecer un mes en una mañana. Hizo la
declaración de la renta, llamó para cambiar de seguro, intentó organizar una cena, pero
solo envejeció tres días y cuatro horas. Quizás si volvía a dormirse se reiniciaría como los
ordenadores. Agarrado a esta esperanza se acostó y durmió toda la tarde y toda la noche,
despertándose al día siguiente con la cara de José Coronado.
– Bueno. – Dijo. – Puede valer.
Francisco José Domínguez Morán
FINALISTA
El día que el cura dijo coño
A las doce y media exactas del domingo, con la sotana planchada y el sermón
aprendido, el padre Genaro subió al púlpito de San Eulogio dispuesto a hablar del
perdón. Todo iba bien, hasta que un murmullo en la segunda fila lo hizo trastabillar.
—Y entonces el Señor dijo… —miró de reojo— coño, qué calor hace.
El silencio fue bíblico. Una beata se santiguó tan fuerte que se dislocó la muñeca. Don
Hilario, sordo como una tapia, gritó:
—¡¿Qué ha dicho el cura?!
Y el eco, traidor y preciso, repitió: “¡Coño!”
A partir de ahí, todo se fue al infierno en romería: el monaguillo se atragantó con una
hostia, el órgano soltó un re menor fúnebre y la vieja Gertrudis, que no hablaba desde el
’92, murmuró: “Al fin, un sermón sincero”.
Al lunes siguiente, el obispo pidió explicaciones. Genaro se encogió de hombros y dijo:
—Fue el Espíritu Santo… tenía calor.
Desde entonces, la misa de San Eulogio se llena. No por la fe, sino por si el cura, otra
vez, vuelve a cagarla.
Porque a veces, en el altar como en la vida, Dios se disfraza de carcajada.
José Carlos Vara Mata
2º FINALISTA
Oráculo Ibérico
A mi tía Eufrasia le dio por hablar con el jamón.
No era un jamón cualquiera: pata negra, curado en Trevélez, colgado del marco de la
puerta como un Cristo jamonero. El caso es que empezó un lunes. Le preguntó: “¿Me
tocará hoy la lotería?” Y el jamón, según ella, sudó una gota de grasa que cayó justo
encima del boleto. Ganó 20 euros. A partir de ahí, el jamón se volvió oráculo.
Vecinas venían a consultarlo. “¿Me engaña mi marido?” “¿Debo operarme de las
varices?” El jamón, con un leve goteo y balanceo, iba sentenciando destinos. Mi tía lo
llamaba “San Jamoncio”.
Hasta que apareció Paco, el del bar, con un serrucho.
—Ese jamón es mío —dijo—. Me lo cambió tu sobrino cuando se confundió de bolsa.
Me dejó uno de oferta, esto es pata negra de la buena.
Hubo gritos. Llantos. Gente persignándose.
Se llevaron el jamón.
Días después, Paco resbaló en su cocina con una gota de grasa y se rompió la cadera. Su
mujer huyó con el camarero. El bar quebró.
Mi tía se santiguó, se sirvió un vermut y susurró:
—San Jamoncio obra en misteriosos cortes.
Manuel Recuero Gutiérrez

